Hace ya casi 3 años perdí la inocencia ante la vida. Yo, que a mis 32 años la había mantenido casi intacta, eso creía. Perdí ese muro que sabes que existe pero no entiendes muy bien su importancia. Casi me derrumbé. Aun estoy en etapas de remodelación y mi templo pinta diferente. Hay veces que es imposible recuperarlo todo. Perdí a mi hermano. Y duele.
Hace cinco inviernos, un día claro y frío, perdí las ganas. Desde entonces solo tengo noches de insomnio.
Por llevarla a la universidad (quien sabe para qué), perdí mi agenda de viaje a Alemania de cuando hice el intercambio en el colegio. Con la crónica de los mil y un sitios por donde pasé. Con los textos que escribieron (y dibujaron) esas paisas hermosas de Berlin en los días de sus cumpleaños. Con todas las calcomanías que pegué en las portadas de cuero. Pero quizás lo que más me duele es que en ella iba también la boleta del concierto de Guns and Roses en Wurzburg (el día del diluvio y del viaje en tren).
Perdí otro borrador antes de terminarlo. Hasta la fecha no he conocido a nadie que haya terminado un borrador. Estoy convencido de que si hay un sitio a donde van las cosas que se pierden, el 80% de la población de ese lugar está compuesta por pedazos de borradores viejos.
Toda mi vida he perdido el tiempo, pero una vez perdí tiempo de mi vida. Fue conduciendo el coche. Aparecí 14 kilómetros más allá sin que el tiempo pasase. Ahora no sé si estoy cinco minutos adelantado o atrasado. Algún día escribiré un relato sobre este accidente, en cuanto deje de perder el tiempo.
Perdí mi corazón. Pasé a buscarlo en la calle donde creí haberlo dejado caer, pero sólo encontré una especie de puré sangriento que preferí no tocar.
Perdí una cápsula del tiempo que hice tal vez 20 años atrás. Entre las cosas que seguro iban adentro: un trompo verde, un star collection y un reloj-transformer inutilizado por los mordiscos de un perro. Incluyamos esto en la categoría de la cosas que se pierden por estar tan bien guardadas.
Perdí a mi mamá cuando tenía seis años. La volví a encontrar cuando tenía treinta y cinco. Junto a ella estaba mi nombre de verdad.
Perdí a mi gato en una mudanza de Neiva a Ibagué hace veinticinco años. Lo vi corriendo alejándose del camión pero no lo pude alcanzar.
Perdí a mi mejor amigo entre la avalancha de un volcán nevado.
Perdí mi compilado de cuentos de Philip K. Dick en un bus de Urbana a Chicago, el once de septiembre de 2005. Me di cuenta cuando estaba sentado en el avión y no tenía nada qué leer. Lo compré de nuevo en una librería de segunda en Inglaterra.
